30 minutos o gratis…

Es la primera vez que una entrada mía en este blog tiene prerrequisito. Les pido vayan a mis escritos en este espacio del 2016 y lean «Un abrazo», así podrán entender en toda su dimensión, lo que hoy voy a contarles: https://gabytanatologa.wordpress.com/2016/12/22/un-abrazo/

Pedir en la vida es fácil, lo que no lo es tanto es esperar con paciencia a que ese sueño pueda volverse realidad. A veces pedimos cosas posibles y probables, algunos otros pedidos simplemente nacen del corazón sin detenernos a pensar en las posibilidades de que eso ocurra. Así yo, pidiendo no solo conocer a Miguel Bosé sino también recibir un abrazo de él.

Todos tenemos o deberíamos de tener, un cantante favorito. Alguien que te haga vibrar con su presencia en el escenario, que sonrías al verlo , que cantes sus canciones; que éstas sean, el soundtrack de tu vida.

Así que yo he tenido un Don diablo que me ha acompañado desde niña, un Amante bandido en la juventud y un Aire que ha soplado en mi oído en los momentos más difíciles de la vida.

El pasado sábado lo conocí y recibí ese abrazo largamente acariciado. Como la vida no es repartidor de pizza, esto tardó en llegar. Ni él era quien yo quería que me abrazara ni yo era la que soñaba ese momento. Éramos dos personas mayores, con más vivencias, con más pérdidas. Valorando ambos el poder abrazar y sentir, el estar vivos, el poder respirar.

Él no conserva su voz ni yo mi cintura, está bien. Se encontraron dos almas buenas, eso sí les puedo decir y valió la pena cada minuto de espera para que llegara ese momento.

Tan agradecida con la vida como en aquel 2016 que lo pedía, me siento ahora llena de posibilidades para desear nuevas cosas, para permitirme imaginar lugares y momentos que vuelvan a dejarme sin aliento.

Les cuento esto por dos motivos: el primero para inspirarles a no claudicar en sus anhelos. Que nadie les diga que no es posible conseguir algo solamente porque ellos no lo hayan logrado. Sean pacientes y sobretodo crean que ustedes se merecen aquello que han pedido.

Y mi segundo motivo para contárselos, es porque ya no tengo conmigo a quienes me compraban los discos y cassettes de Miguel Bosé, quienes escucharon en casa una y mil veces repetir las mismas canciones, quienes me gritaban: ¡bájale a esa grabadora!

Extrañé mucho a mis papás en ese momento, hubiera deseado que estuvieran ahí para contarles que su Gaby había conseguido un anhelo no académico, no profesional ni meritorio. Que había yo sido objeto de un regalo de la vida, y que ahora me comprometía a cumplirles a muchos otros, ilusiones que ellos tengan. No están ellos, pero están ustedes; mis lectores, mis amigos, que hacen que todo se vuelva una anécdota digno de contar.

Gracias de todo corazón por su presencia en mi vida. Deseo un 2022 de cosecha y salud. Saben que como bien dice mi Miguel: Amiga, Este mundo va, Lo que hay es lo que ves, Te amaré y Estaré.

El billete de la suerte

Hace muchos años mi madre me dio un consejo; «Cuando salgas de viaje, no te gastes todo el dinero que lleves. Guarda un billetito (mi mamá amaba los diminutivos) en tu cartera y ese será tu billete de la suerte. De esa forma nunca te faltará dinero para viajar».

Uno ignora las fuentes informativas que tiene una madre para decirte estas cosas, ni siquiera te cuestionas si son verdad o no. Lo dice mamá y punto, así debe de ser. Desde entonces y en total obediencia, había guardado en mi cartera un billete (verde, para mayor efectividad), que no gastaba y que siempre me acompañaba a todas partes.

En mi reciente viaje a visitar a una amiga que vive en Estados Unidos, fuimos por primera vez desde que inició la pandemia, juntas a misa. Hay cierta edad ( no diré cual) que cuando uno se conmueve, especialmente en misa, lloras. Ahí estaba yo, emocionada de poder estar de manera presencial una vez más, compartiendo unas escrituras, un evangelio, un saludo de paz con inclinación de cabeza, cuando el padre nos cuenta:

Hace unas semanas vino un señor a misa y en el momento de la recolección dio un billete de denominación muy alta como limosna. Lo puso en la canasta , no sin antes mostrármelo a lo lejos para que yo fuera testigo de su gran generosidad. A la salida me puse cerca de la puerta como siempre lo hago, para despedir a mis feligreses y este señor se acercó para decirme: «¿Padre vio que di un billete de … en la colecta de hoy?». Sí, le contesté yo, muchas gracias. ¿Viste tú que la señora que estaba a tu lado, que está desempleada y tiene dos hijos que mantener, abrió su monedero y dio todo lo que traía?

A eso se refería la Madre Teresa de Calcuta cuando decía que había que dar hasta que duela.

Terminado el sermón, pasaron la canastita (hija de mi madre y del diminutivo) de recolección. Abrí mi cartera y me di cuenta de que era el momento de cambiar mi «suerte» por fe.

Di mi billetito de la suerte y estoy segura que mi mamá no se enojó por eso.

Ya les contaré si volví a viajar o no, si cayó sobre de mí una maldición terrible o si simplemente el corazón siguió sintiéndose bien como ahora, como quién hace lo correcto aunque se haya tardado algunos años para ello.

Calcetines sucios

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¿Hace cuánto que no ensucias realmente tus calcetines?

Sé que te estoy preguntando algo que trasgrede las reglas básicas a la obediencia materna: «No andes descalza, mira nada más cómo dejaste los calcetines». Sin embargo, ensuciar los calcetines aun sin quitarte los zapatos, significa que has caminado mucho. Nada deseo más para ustedes que miles de pasos por dar. Un largo camino por recorrer y sobretodo, las ganas para hacerlo.

Hace poco fui con mi hijo mayor a hacer senderismo en un cañón. Aventurarte a algo así con un muchacho de 29 años requiere mucho valor y autoestima sana. Allá íbamos; calculamos una hora de descenso y una hora y media de subida. La realidad fue una hora y media de bajada y casi el doble cuesta arriba. Pero llegué, obviamente, si no, no estaría contándoles esto.

No hubieron accidentes ni caídas que reportar, pero el aprendizaje siempre surge cuando abres bien los ojos y agudizas los sentidos. Bajar es fácil, lo haces con ánimos y energía. Casi ,casi presumiéndole a los que rebasas que tú puedes y que nada va a detenerte. Subir ya es otra cosa, requiere más esfuerzo, enfrentarte a tu falta de condición física, literalmente a las piedritas en el camino…ya empecé como siempre, a hablar de duelo. Imposible no comparar ese recorrido con el trayecto que se necesita andar para salir avante de una pérdida. Comenzamos con fuerza, con el tanque de gasolina lleno porque acabamos de ver a la persona amada. Poco a poco las fuerzas van mermando, el cuerpo reclama, las ganas se nos gastan.

Mi objetivo era llegar a una sombrita para descansar un poco, retomar aliento y seguir adelante, pero era un día tremendamente soleado y no había lugares cómodos para sentarse sin estorbar el paso de los otros. Y así es, en el camino nos encontramos con quien no piensa más que en sí mismo, que obstaculiza nuestro proceso sin ninguna consideración y sin embargo, ahí vamos. Dispuestos a llegar a la cima, a decir lo logré y poder llamarnos a nosotros mismos resilientes.

Agotada y con mucha sed después de ya haberme bebido el litro entero de electrolitos que llevaba, conseguí finalmente mi sombra para detenerme a contemplar el paso de los demás. Se vale. También se vale pausar y ver pasar, pero un rato solamente.

En eso veo a tres mujeres que se acercan a donde yo estaba. Dos muy jóvenes y otra mayor, con cabello blanco, tomada del brazo de una de ellas. «Vamos a parar un poquito Abue» dijo una de las nietas. En eso sacó un estuchito de la mochila, le pinchó el dedo a la abuela para a tomarle el azúcar, le dio un par de pastillas y un refrigerio y siguieron adelante. Y ahí estaba yo, totalmente humillada con mis lamentaciones y cansancio. Acababa de rebasarme una señora mayor que yo, con diabetes, y una enorme actitud. ¡Qué inspiración!

Recogí mis lamentos y me puse en marcha hasta llegar a la cima donde las vistas eran espectaculares. La justa recompensa para quien recorre el trayecto. Ahí al otro lado de tu dolor; te espera el mejor paisaje.

Cuando llegamos a la habitación, me quité los tenis como una niña que lleva 15 días en un campamento de verano y va a pisar alfombra por primera vez. Respiré, me tumbé en la cama y fue cuando vi mis calcetines todos sucios. Llenos de tierra, vivos y andados. Nada mal para alguien que pasa 10 horas al día sentada dando consulta.

Como siempre, les comparto mi felicidad y peripecias. Hago suyas mis ganas de seguir dando pasos.

Confía en mí

Hace poco viví una de las experiencias más memorables que haya tenido. Para muchos puede parecer algo muy sencillo, pero para mí fue la representación gráfica de mi vocación. Les cuento.

Harta de la ciudad, decidí ir a conocer una reserva ecológica en el caribe mexicano. Dentro de la excursión, se incluía usar un snorkel y asomarnos a contemplar un gran muro de coral. Claro que mi primera reacción fue: «Ni de loca me meto eso en la boca con todo este tema de pandemia».

Me aseguraron que estaban desinfectados y por supuesto, existía la opción de comprar uno nuevo y luego donarlo. Opté por eso. El mar estaba muy picado así que nos dijeron que solo estaríamos en el agua 20 minutos. En la lancha veníamos 5 personas a muy sana distancia. Mi amiga decidió que mejor pasaba y del resto del grupo solo una chica se animó a ir conmigo. Esta muchacha tenía una gran cicatriz en la cabeza y el cabello empezaba apenas a crecerle. Se notaba que había tenido una cirugía mayor y estaba con muchas ganas de vivir experiencias. Era su primera vez con aletas y visor, mía la tercera, así que no había entre nosotros más experto que el guía.

Nos colocamos el equipo y nos dejamos ir al agua. Él nos pidió que nadáramos lejos de la lancha para empezar el recorrido juntos y así lo hice, pero de pronto me di cuenta que la otra chica se había quedado abrazada de la escalinata de la lancha sin poderse mover. Por supuesto que sabía nadar, pero pensé que se había quedado petrificada ante el oleaje y lo frío del agua. «¡Vamos!» gritó el instructor, pero ella seguía sin moverse. Regresé para ver si podía ayudar en algo y entonces ya de cerca y a través del visor, pude ver sus ojitos desbordados a punto de un ataque de pánico.

Conozco esa mirada, la veo en mis pacientes que acuden a consulta. Perdidos, angustiados, necesitados de una mano que los guíe. Así que eso hice, por primera vez en un año, vencí la sana distancia, extendí mi mano a una completa desconocida y le dije: «Dame la mano, confía en mí». Debo de decir que ella era más alta que yo, más joven que yo, más fuerte que yo y ahí estaba YO, con gran aplomo y seguridad pidiéndole que se pusiera en mis manos.

Una cosa es hacer eso en el consultorio donde piso tierra firme, donde me siento como pez en el agua con un tema que domino y otra muy distinta, ser literalmente el pez, moviendo mis aletitas de manera arítmica.

La seguridad estuvo en mi voz, en mi buena intención y se soltó de la escalinata. Se prendió a mí de una forma que por un momento pensé que ambas nos íbamos al fondo del mar a saludar a Ariel. Pero le dije: «No te voy a soltar».

Finalmente alcanzamos al guía, que ya había pedido al capitán de la lancha le lanzaran una rueda salvavidas ( ignoro como se veía esa escena que estábamos viviendo a lo lejos, pero el instructor debe de haber pensado que se acababa de meter en el peor lío de su carrera). Ella se tomó del salvavidas con una mano y con la otra seguía apretando la mía.

Le dije que intentara disfrutarlo, que se asomara porque abajo había un mundo maravilloso esperando ser descubierto. Que la vista del otro lado era la recompensa a los valientes. Que estuviera tranquila, que traía chaleco salvavidas y que yo seguiría ahí a su lado.

Lo estoy escribiendo y quiero llorar otra vez. Metimos la cara en el agua y ahí estaba. Todo lo que yo le había prometido y más. Peces de colores extraordinarios, corales morados nunca antes vistos. Una calma, una paz por debajo de la marea revuelta que era la superficie. Nos habíamos metido en el duelo y ahora estábamos experimentando la ganancia enorme de quien vence el miedo y se atreve a ver la vida de nuevo.

Mi amiga, que se había quedado en la lancha presenciaba todo de manera sorprendida. Tomaba fotografías, ella mejor que nadie sabe que soy cero atlética o deportista, pero me dijo que parecía yo una niña en el agua. Ignoro si realmente me estaba viendo a mí ,pues habían otros grupos y todos con chalecos salvavidas de lejos nos vemos iguales, pero así me sentía yo. Una niña feliz que le había dado la mano a otra y que esa otra sin saberlo, me había hecho sentir poderosa, útil e importante.

Ella aprendió a snorkelear, yo a vivir a mis 55 años.

Así sucede en terapia también; alguien viene pensando que recibirá y no tiene idea de cuánto está dando con ello.

La vida nos sorprende. Sal a vivirla y confía.

Cuestiones de oro y plata

A algunos mexicanos nos cuesta un poco obedecer. Si hay bandera roja en el mar, no le hace, nos metemos a nadar. Si un letrero nos indica “No pase” y hay una cuerdita, vemos cómo hacerle para brincarla nada más para una selfie. Si te dicen ponte cubrebocas o guarda cierta distancia, nos entra un pensamiento mágico que a nosotros no nos va a pasar nada. Estamos tan confundidos con nuestra versión de la ley de la atracción que consideramos que, si no creemos en el Covid, no tiene por qué darnos.

El caso es que somos difíciles para obedecer porque nos cuesta creer a quien nos advierte algo, así sea por nuestro propio bien. Pero cuidado con la manera en cómo nos creemos los comentarios ajenos. Pareciera que fueran verdades tan absolutas como una sentencia de muerte. Así me pasó a mí para cerrar este año. Yo creía que había llevado la cuarentena con bastante dignidad. Trabajando sin tregua hasta el veintidós de diciembre, fecha en que consideré que, por salud emocional y convivencia familiar, era bueno ponerme a cocinar un pavo. Tengo la fortuna de contar con la amistad de una gran chef que tuvo a bien dirigir mi elaborado proyecto. La verdad quedó delicioso, y sin ser ese el objetivo central de este escrito, me desvié del tema porque, en algún punto, tenía que mencionarlo. Vuelvo al golpe de realidad recibido. Sabía que había trabajado demasiado, que, aunque amo lo que hago, estaba cansada. Consciente estoy también que me han salido algunas canas y he ganado un par de kilos, o debería de decir, me han salido un par de canas y he subido algunos kilos. Cuestión de números que pensaba no me importaban. Sentía que había llegado a esa maravillosa edad de libertad en la que ya no hay que preocuparse de esas cosas. Hoy me cuestiono si dicha meta se alcanza alguna vez. Si las mujeres realmente podemos llegar a ese punto donde nos aceptemos tanto a nosotras mismas, que no nos comparemos o compitamos ni siquiera con nuestro yo del pasado. Yo procuro no darle mucha importancia a esas señales del paso del tiempo. Considero un privilegio llegar a una edad donde se peinan canas, especialmente porque algunos ya no podrán llegar a tenerlas. Suelo concentrarme en mi actitud. En lo joven que me siento al entusiasmarme con un proyecto nuevo o al escuchar música (iba a escribir disco, pero entendí que no mostraría juventud en ello). Sin embargo, mis oídos, acostumbrados a escuchar dolores, estaban a punto de recibir una cachetada. No aquellas de caramelo que comíamos en forma de paleta (otra referencia de “Cómo han pasado los años”, como cantaba Rocío Durcal) sino esta vez en presentación baño de realidad.

Para tomarme unos días de descanso, acudí al mar. El consultorio que da la mejor terapia al alma. Estaba yo sentada contemplándolo cuando a mi lado pasó una vendedora de plata. En otros tiempos hubiera charlado con ella y echado un vistazo a su mercancía, pero la verdad, ella no portaba cubrebocas. Así que seguramente hice algún gesto y ademán con las manos indicando que no estaba interesada. A lo que ella respondió, vengativa (espero yo) , «ándele, lleve algo para sus nietecitas”. ¡Pum! Me cayeron encima, de golpe, los diez meses de pandemia. En ese preciso instante, se multiplicaron mis cabellos blancos y hasta ganas de tejer me dieron. ¿Por qué nos tomamos como verdad absoluta la apreciación subjetiva de alguien que acabamos de conocer? ¿Por qué nos hiere profundo como si fuera un diagnóstico irreversible? ¿Será que ese comentario cae en tierra fértil de nuestras propias dudas o inseguridades? Tengo un par de amigas de mi edad que son abuelas, muy felices por cierto. Y sin embargo, a mí me parece que fue apenas ayer que mi hijo menor estuvo enfermo en su campamento de verano. Tal vez ya tengo que darle “refresh” a mi vida, como si fuera Facebook, y verme con los ojos que los demás me miran. Así que hoy que termina el año, voy a darles un buen consejo: compren plata a nuestros comerciantes de la playa. Fomentemos su economía y de paso, no arriesgamos nuestra autoestima.

Los abrazo fuerte, vamos por un 2021 lleno de amor y resiliencia.

Aléjate del servibar

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Hace poco tuve la fortuna de pasar un fin de semana con mis amigas en un viñedo. Después de muchos meses sin salir y con los temas de conversación acumulados, emprendimos ese viaje en carretera. Llegamos a un hotel precioso, pequeñito, muy familiar y con todas las medidas de seguridad para no convivir con nadie más y no arriesgarnos a contagios.

Por estar platicando sin parar, nos dieron las diez de la noche sin haber cenado, y el hambre ya apretaba. Como sabíamos que el restaurante del hotel lo cerraban temprano, hablamos para pedir servicio a cuarto. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando escuchamos que no había tal cosa, que el restaurante había cerrado y que hasta el día siguiente no tendrían servicio de alimentos.

No solo de amistad viven las mujeres, así que consideramos nuestras opciones, que en realidad eran muy pocas, hasta que una de ellas dijo: «Lo siento, me voy a comer unos cacahuates del minibar». «No lo hagas , pensé. ¡No toques ese servibar!»

Lo bueno es que solo lo pensé, porque si no, hubiera parecido la loca del pueblo. ¿De dónde había surgido esa reacción tan intensa de mi ser? Claro, de donde surgen todas las respuestas intensas en nuestra vida: de mamá.

Mañana es el aniversario del día en que ella nació y no quiero empañar ni tantito su recuerdo juzgando o criticando sus métodos pedagógicos ,pero una cosa sí he de decir: Doña Nelly era clara y contundente. Ella me dijo alguna vez: «No toques el servibar; lo que venden ahí es un robo.» Yo obedecí los siguientes cincuenta años. Así es, grabado en mármol en mi memoria quedó esa enfática aseveración y jamás, leyeron bien, jamás había yo osado desobedecer a mi mamá, sin importar cuánto antojo o hambre tuviera.

La verdad es que esos cacahuates ( mi lujo de $40 pesos) me supieron a transgresión, a travesura y también a crecimiento.

Hoy escucho más mi propia voz que la de nadie. Entiendo de dónde provenía la tuya, mamy, y honro cada cosa que me enseñaste y diste. Hoy utilizo cualquier pequeño detalle para recordarte, para alegrarme con la intensidad con la que tus enseñanzas resuenan en mí, pero también celebro que no me quedé detenida en el tiempo ni he dejado de atreverme.

Para algunos puede parecer una anécdota sin importancia, pero estoy segura que otros comprenderán muy bien que salir sin suéter, andar descalzos, comer cosas frías, o bien tomar algo del servibar, puede significar mucho más que un detallito. Es tal vez la reafirmación de un yo, con una sonrisa al pasado y un agradecimiento eterno por quien ha cuidado de nosotros en todo sentido.

Celebra allá arriba, mamita, y como dice mi querido Dr. César Lozano: Flores al cielo.

Hazle caso a tu abuelita

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Doña Chelito era genial. Una abuelita tabasqueña ,coqueta, pianista, presumida, egocéntrica, adicta a Liverpool y hoy entiendo, muy sabia.

En aquella época, yo trabajaba como maestra de preescolar  por las mañanas y por las tardes, estudiaba la licenciatura. El colegio me quedaba a la vuelta de su casa y como yo me estacionaba ahí; ella me esperaba todos los días en la puerta con un jugo de manzana, por si me había salido de casa sin desayunar.  Jamás me perdería yo de mi sacrosanto primer alimento del día. Si en algo he sido constante en la vida, es en mi buen apetito, pero era un detalle precioso verla ahí esperándome con el vaso en  la mano y su hermosa sonrisa, así que diario me bebía yo su amor a las 7.50 de la mañana.

«¿Qué pasó mijita?» me decía con su acento choco. «Nada abue , voy a trabajar y de ahí a la universidad.»  «Deberías de estudiar computación Gaby linda», me decía aun sabiendo que yo cursaba ya el cuarto semestre de Literatura. En aquel entonces su comentario me parecía una necedad  y hoy lo veo como sabiduría pura.

Aquella visionaria mujer de poca estatura y mucho seso, veía clarito venir que un día yo estaría frente a la computadora un promedio de por lo menos 6 horas diarias . Sabía de alguna forma mágica,  que tendría que acabar sucumbiendo a lo que tanto me había resistido que era dar terapia en línea y que además, las clases que amo impartir, migrarían  eventualmente a un formato virtual. Es más, segurito presentía que hasta con las amigas tendría yo que interactuar por zoom.

Yo que huía de área uno en la preparatoria precisamente porque me jactaba de no querer tener que ver nada en la vida con números ni máquinas; dedico hoy un tiempo en pantalla de celular de por lo menos tres horas diarias divididas a ratitos  entre el Instagram, Facebook, Twitter, tres cuentas de correos, mensajes y atención a mis alumnos de diplomado en línea.

Caray, cómo no le hice caso. De haber sido así, hoy no tendría dolores de espalda de tanto estar sentada. La posición la tendría dominada. Los ojos no me arderían ni me saltarían como a veces lo hacen de tanto fijar la vista. En fin, que sería una técnica extraordinaria en lugar de una humanista atrapada en un presente más virtual que real, sin la posibilidad de abrazar a la persona a la que consuelo o guío. No cabría en mí la inmensa añoranza que hoy siento por las ferias del libro y las reuniones de autores. Estaría tranquila acariciando mi teclado y escuchando la voz de los que me importan a través de unos audífonos.

Hoy todo eso me es muy difícil. Extraño los abrazos, las clases presenciales, las conferencias y las firmas de libros. No me resigno ni conformo con trabajar desde casa, comer diario en casa y dormir en casa sin posibilidad de una escapadita vacacional y la increíble plática con carcajadas reales de mis amigas en lugar de un «je,je » escrito en un Whats app.

No cabe duda que las abuelas ven cosas que nosotros no imaginamos ,así que les sugiero  que se hagan el futuro  más llevadero y que por si acaso,  le hagan caso a su abuelita.

Ten cuidado con lo que pides…

Sé que he estado muy calladita por aquí. Después de mi última entrada en el Blog, comprendí que hay que tener cuidado con lo que uno pide, especialmente, porque se le puede conceder. Hoy estoy hecha una lagartija metida en casa, comiendo a gusto, disfrutando un poco de sol y sin embargo… no estoy feliz. Ahí está el pero que siempre tenemos que poner los humanos. Siempre hay algo que nos preocupa, que nos angustia, que nos roba la paz.

He estado pensando en escribir y por una cosa u otra no había podido hacerlo. El otro día iba caminando a mi consultorio por ahí de las doce del día y escuché cantar un gallo. Lo juro, en plena avenida se escuchó el cantar de un gallo no muy tempranero, pero sí muy afinado. Eso fue el empujón final para tomar esta computadora y ponerme a teclear.

El mundo está loco; se volvió loco, lo volvimos loco, lo echamos a perder. Los gallos no cantan a la hora que deben, los niños no pueden salir a jugar y convivir con otros niños, nosotros no podemos abrazarnos con amigos ni hacer contacto visual con alguien que te topas en el supermercado. Nos cambió todo, no de la noche a la mañana, fue paulatino, sutil, pero absoluto. Hoy detecto miedo en los comentarios de las personas, se tiene miedo a hacer planes para viajar y desconfianza para realizar cualquier compra o inversión. Nos arrebataron certidumbre, la cual, dicho sea de paso,  en verdad nunca hemos tenido.

Habemos un grupo numeroso y sensible de personas que no queremos rendirnos ante el miedo y que estamos hartos de vivir con la palabra crisis. Que tenemos ganas de viajar, de visitar el mundo antes de abandonarlo, de sonreír y ser felices. Hoy nos tacharían de  inconscientes o «mala influencia» como cariñosamente me llamó una amiga hace poco.

Sí soy mala influencia porque pido rebeldía, porque me niego a entregar mi paz o mi esperanza. Porque no quiero ver todo catastrófico y comentar que se va a poner peor. Porque me alegro de no saber de economía y sí de generosidad. Porque aún no tengo tanto miedo de compartir mis logros y no pienso que alguien  usará esa información en mi contra. Soy malísima influencia porque ya no volteo a ver a nadie para compararme o competir, camino lo que me toca con actitud y con la frente en alto. Por que a pesar de todo lo que está pasando en el mundo, sin ser insensible a ello, yo aún quiero reírme, bailar y lucho por ello.

Por mi profesión, me toca decirle a las personas no lo que quieren oír, sino lo que tienen que escuchar: el despertar de nuevo a la vida, la vuelta a la felicidad después de una pérdida, el cese de la lamentación y añoranza. Yo me la paso invitando a todos a vivir  porque creo que la vida bien vale la pena aunque en ella haya muerte, impunidad, corrupción, maldad y Coronavirus.  En respuesta  a ello, algunos me mandan bendiciones, otros mariposas azules y otros justo me quieren cortar las alas. Sin embargo, mientras las tenga, seguiré volando alto, sola o acompañada, pues sé que cada día estoy un poquito más cerca del cielo y más lejos de la tierra; no por ser una estrella, sino por ser mayor. Nadie se está haciendo más joven y yo, sí tengo prisa por vivir. La ocasión es hoy.IMG_7895

 

Quiero ser lagartija

Perdonen esta aparente falta de ambición, pero después de pensarlo mucho, he decidido que me gustaría ser lagartija. No una cualquiera, expuesta a los peligros del bosque y a encontrar alguien que quisiera morderme la cola. Creo que mi infancia, al igual que la de muchos de ustedes,  está marcada por haber visto una lagartija con la cola mocha y haber obtenido como respuesta paterna que algún otro animal se la había mordido. El reino animal parecía muy feroz entonces, muy salvaje, pero hoy luce completamente inofensivo en comparación al humano. Quiero ser la lagartija que vive en el pequeño jardín a la entrada de mi casa.

Todos los días cuando llego apurada como siempre con el tiempo muy medido para comer  y volver al consultorio; al abrir la puerta, veo correr avergonzada a una lagartija de mediano tamaño con tonos entre verde y café. Claro que se apena, pues la descubro asoleándose, disfrutando de unos metros de pasto que me han costado muchos años adquirir. Ella, ociosa y perezosa seguro que se levanta tarde, hace sus ejercicios matinales( obvio unas cuantas lagartijas que llamaremos «push ups» para no ofenderla) y después sale a buscar su desayuno. Hay muchas plantas así que seguro que en ellas encuentra un banquete que devora sin culpa hasta quedar satisfecha.

Después de eso todo es asolearse. Cuidarse de vez en vez cuando Lara decide salir a ladrarle a los peatones. No es que tenga miedo de que se la coma, mi perrita sería incapaz, pero es muy pesada eso sí ,y podría pasarle por encima  con toda facilidad. Fuera de esos pequeños inconvenientes, la lagartija goza de un merecido sol, un descanso reparador y cero estrés. Pero claro, cuando escucha la llave en la cerradura y doy el primer paso dentro de mi propiedad, ella corre a esconderse. Nota mi mirada envidiosa porque ella sí fija el calcio con harta vitamina D que le da el sol y no  tiene que tomarla en cápsulas amarillas como tengo que hacer yo. A ella no le preocupa nada, ni el gobierno, ni la inseguridad, ni el Coronavirus, ni la crisis, ni el desempleo. Posee una confianza básica envidiable, unas patas cortas y fuertes ( sin celulitis he de aclarar) con las que corre, es ágil, lista y se la pasa muy bien.

Por todo lo anterior, mi deseo este cumpleaños es convertirme en lagartija al menos por dos o tres semanas. Si Gregorio Samsa lo consiguió en Metamorfosis, no veo porqué yo no.

La verdad es que llego a mis cincuenta y cuatro primaveras llena de vida. Con canas, ya uso lentes, con un gran amor a los pareos largos ( muy favorecedores) y con la mejor familia y amigos que pudiera pedir. Amo lo que hago, tanto, que se me pasan las horas ( especialmente las de sol) bajo techo , casi sin darme cuenta. Me siento muy bendecida y privilegiada.

Gracias a ti, lector de este blog por conocerme tanto, por recibir y por darle oídos a palabras que siempre buscan oportunidad de salir.

Nos vemos pronto, en la vida o en el jardín.

lagartijas tamaño

19 de septiembre

Yo soy mexicana; no solo un 15 o 16 de este mes. Especialmente el 19 de septiembre.

Mi segundo hijo nació un día como hoy a 10 años del sismo del 85. En el hospital veía yo en la televisión las historias de aquellos bebés que habían sobrevivido a los escombros y yo justo tenía uno en el cunero. La empatía con otros no parte de pensar que podría pasarte a ti, parte de saber que les pasó a ellos y tratar de entender y aminorar su dolor.

Para mí hoy es un día de compromiso, lo fue hace 34 años que salí a ayudar, a repartir bolsas y localizar personas. Hace 24 cuando prometí que mi hijo sería educado como un hombre de bien, sensible y bueno en nombre de aquellos padres que se quedaron con los brazos vacíos. Hace 2 cuando empecé a apoyar dolientes del sismo; hijos y padres despojados por el destino pero con un corazón lleno de amor que hoy los mantiene en pie.

Sigo en construcción, como mi país. Buscando ser mi mejor versión, saber más, ser más sabia y más humilde para poder seguir sirviendo a los demás.

Escribo estas líneas con inmenso respeto a los que hoy sienten resurgir su crisis de aniversario. Solo quise decirles que cuentan conmigo.

México,aquí me tienes desde mi trinchera, desde los micrófonos y cámaras que me prestan mandando un mensaje de sí a la vida. No me daré por vencida. Hoy lo vuelvo a prometer.

Quisiera que este día no sea tan solo un simulacro, quiero que sea un recordatorio real de la solidaridad de un pueblo, de nuestra capacidad de dar y de darnos a otros. Que sea un día que nos una, porque así, ninguna muerte habrá sido en vano.

Los abrazo.