Confía en mí

Hace poco viví una de las experiencias más memorables que haya tenido. Para muchos puede parecer algo muy sencillo, pero para mí fue la representación gráfica de mi vocación. Les cuento.

Harta de la ciudad, decidí ir a conocer una reserva ecológica en el caribe mexicano. Dentro de la excursión, se incluía usar un snorkel y asomarnos a contemplar un gran muro de coral. Claro que mi primera reacción fue: “Ni de loca me meto eso en la boca con todo este tema de pandemia”.

Me aseguraron que estaban desinfectados y por supuesto, existía la opción de comprar uno nuevo y luego donarlo. Opté por eso. El mar estaba muy picado así que nos dijeron que solo estaríamos en el agua 20 minutos. En la lancha veníamos 5 personas a muy sana distancia. Mi amiga decidió que mejor pasaba y del resto del grupo solo una chica se animó a ir conmigo. Esta muchacha tenía una gran cicatriz en la cabeza y el cabello empezaba apenas a crecerle. Se notaba que había tenido una cirugía mayor y estaba con muchas ganas de vivir experiencias. Era su primera vez con aletas y visor, mía la tercera, así que no había entre nosotros más experto que el guía.

Nos colocamos el equipo y nos dejamos ir al agua. Él nos pidió que nadáramos lejos de la lancha para empezar el recorrido juntos y así lo hice, pero de pronto me di cuenta que la otra chica se había quedado abrazada de la escalinata de la lancha sin poderse mover. Por supuesto que sabía nadar, pero pensé que se había quedado petrificada ante el oleaje y lo frío del agua. “¡Vamos!” gritó el instructor, pero ella seguía sin moverse. Regresé para ver si podía ayudar en algo y entonces ya de cerca y a través del visor, pude ver sus ojitos desbordados a punto de un ataque de pánico.

Conozco esa mirada, la veo en mis pacientes que acuden a consulta. Perdidos, angustiados, necesitados de una mano que los guíe. Así que eso hice, por primera vez en un año, vencí la sana distancia, extendí mi mano a una completa desconocida y le dije: “Dame la mano, confía en mí”. Debo de decir que ella era más alta que yo, más joven que yo, más fuerte que yo y ahí estaba YO, con gran aplomo y seguridad pidiéndole que se pusiera en mis manos.

Una cosa es hacer eso en el consultorio donde piso tierra firme, donde me siento como pez en el agua con un tema que domino y otra muy distinta, ser literalmente el pez, moviendo mis aletitas de manera arítmica.

La seguridad estuvo en mi voz, en mi buena intención y se soltó de la escalinata. Se prendió a mí de una forma que por un momento pensé que ambas nos íbamos al fondo del mar a saludar a Ariel. Pero le dije: “No te voy a soltar”.

Finalmente alcanzamos al guía, que ya había pedido al capitán de la lancha le lanzaran una rueda salvavidas ( ignoro como se veía esa escena que estábamos viviendo a lo lejos, pero el instructor debe de haber pensado que se acababa de meter en el peor lío de su carrera). Ella se tomó del salvavidas con una mano y con la otra seguía apretando la mía.

Le dije que intentara disfrutarlo, que se asomara porque abajo había un mundo maravilloso esperando ser descubierto. Que la vista del otro lado era la recompensa a los valientes. Que estuviera tranquila, que traía chaleco salvavidas y que yo seguiría ahí a su lado.

Lo estoy escribiendo y quiero llorar otra vez. Metimos la cara en el agua y ahí estaba. Todo lo que yo le había prometido y más. Peces de colores extraordinarios, corales morados nunca antes vistos. Una calma, una paz por debajo de la marea revuelta que era la superficie. Nos habíamos metido en el duelo y ahora estábamos experimentando la ganancia enorme de quien vence el miedo y se atreve a ver la vida de nuevo.

Mi amiga, que se había quedado en la lancha presenciaba todo de manera sorprendida. Tomaba fotografías, ella mejor que nadie sabe que soy cero atlética o deportista, pero me dijo que parecía yo una niña en el agua. Ignoro si realmente me estaba viendo a mí ,pues habían otros grupos y todos con chalecos salvavidas de lejos nos vemos iguales, pero así me sentía yo. Una niña feliz que le había dado la mano a otra y que esa otra sin saberlo, me había hecho sentir poderosa, útil e importante.

Ella aprendió a snorkelear, yo a vivir a mis 55 años.

Así sucede en terapia también; alguien viene pensando que recibirá y no tiene idea de cuánto está dando con ello.

La vida nos sorprende. Sal a vivirla y confía.

Cuestiones de oro y plata

A algunos mexicanos nos cuesta un poco obedecer. Si hay bandera roja en el mar, no le hace, nos metemos a nadar. Si un letrero nos indica “No pase” y hay una cuerdita, vemos cómo hacerle para brincarla nada más para una selfie. Si te dicen ponte cubrebocas o guarda cierta distancia, nos entra un pensamiento mágico que a nosotros no nos va a pasar nada. Estamos tan confundidos con nuestra versión de la ley de la atracción que consideramos que, si no creemos en el Covid, no tiene por qué darnos.

El caso es que somos difíciles para obedecer porque nos cuesta creer a quien nos advierte algo, así sea por nuestro propio bien. Pero cuidado con la manera en cómo nos creemos los comentarios ajenos. Pareciera que fueran verdades tan absolutas como una sentencia de muerte. Así me pasó a mí para cerrar este año. Yo creía que había llevado la cuarentena con bastante dignidad. Trabajando sin tregua hasta el veintidós de diciembre, fecha en que consideré que, por salud emocional y convivencia familiar, era bueno ponerme a cocinar un pavo. Tengo la fortuna de contar con la amistad de una gran chef que tuvo a bien dirigir mi elaborado proyecto. La verdad quedó delicioso, y sin ser ese el objetivo central de este escrito, me desvié del tema porque, en algún punto, tenía que mencionarlo. Vuelvo al golpe de realidad recibido. Sabía que había trabajado demasiado, que, aunque amo lo que hago, estaba cansada. Consciente estoy también que me han salido algunas canas y he ganado un par de kilos, o debería de decir, me han salido un par de canas y he subido algunos kilos. Cuestión de números que pensaba no me importaban. Sentía que había llegado a esa maravillosa edad de libertad en la que ya no hay que preocuparse de esas cosas. Hoy me cuestiono si dicha meta se alcanza alguna vez. Si las mujeres realmente podemos llegar a ese punto donde nos aceptemos tanto a nosotras mismas, que no nos comparemos o compitamos ni siquiera con nuestro yo del pasado. Yo procuro no darle mucha importancia a esas señales del paso del tiempo. Considero un privilegio llegar a una edad donde se peinan canas, especialmente porque algunos ya no podrán llegar a tenerlas. Suelo concentrarme en mi actitud. En lo joven que me siento al entusiasmarme con un proyecto nuevo o al escuchar música (iba a escribir disco, pero entendí que no mostraría juventud en ello). Sin embargo, mis oídos, acostumbrados a escuchar dolores, estaban a punto de recibir una cachetada. No aquellas de caramelo que comíamos en forma de paleta (otra referencia de “Cómo han pasado los años”, como cantaba Rocío Durcal) sino esta vez en presentación baño de realidad.

Para tomarme unos días de descanso, acudí al mar. El consultorio que da la mejor terapia al alma. Estaba yo sentada contemplándolo cuando a mi lado pasó una vendedora de plata. En otros tiempos hubiera charlado con ella y echado un vistazo a su mercancía, pero la verdad, ella no portaba cubrebocas. Así que seguramente hice algún gesto y ademán con las manos indicando que no estaba interesada. A lo que ella respondió, vengativa (espero yo) , “ándele, lleve algo para sus nietecitas”. ¡Pum! Me cayeron encima, de golpe, los diez meses de pandemia. En ese preciso instante, se multiplicaron mis cabellos blancos y hasta ganas de tejer me dieron. ¿Por qué nos tomamos como verdad absoluta la apreciación subjetiva de alguien que acabamos de conocer? ¿Por qué nos hiere profundo como si fuera un diagnóstico irreversible? ¿Será que ese comentario cae en tierra fértil de nuestras propias dudas o inseguridades? Tengo un par de amigas de mi edad que son abuelas, muy felices por cierto. Y sin embargo, a mí me parece que fue apenas ayer que mi hijo menor estuvo enfermo en su campamento de verano. Tal vez ya tengo que darle “refresh” a mi vida, como si fuera Facebook, y verme con los ojos que los demás me miran. Así que hoy que termina el año, voy a darles un buen consejo: compren plata a nuestros comerciantes de la playa. Fomentemos su economía y de paso, no arriesgamos nuestra autoestima.

Los abrazo fuerte, vamos por un 2021 lleno de amor y resiliencia.

Aléjate del servibar

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Hace poco tuve la fortuna de pasar un fin de semana con mis amigas en un viñedo. Después de muchos meses sin salir y con los temas de conversación acumulados, emprendimos ese viaje en carretera. Llegamos a un hotel precioso, pequeñito, muy familiar y con todas las medidas de seguridad para no convivir con nadie más y no arriesgarnos a contagios.

Por estar platicando sin parar, nos dieron las diez de la noche sin haber cenado, y el hambre ya apretaba. Como sabíamos que el restaurante del hotel lo cerraban temprano, hablamos para pedir servicio a cuarto. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando escuchamos que no había tal cosa, que el restaurante había cerrado y que hasta el día siguiente no tendrían servicio de alimentos.

No solo de amistad viven las mujeres, así que consideramos nuestras opciones, que en realidad eran muy pocas, hasta que una de ellas dijo: “Lo siento, me voy a comer unos cacahuates del minibar”. “No lo hagas , pensé. ¡No toques ese servibar!”

Lo bueno es que solo lo pensé, porque si no, hubiera parecido la loca del pueblo. ¿De dónde había surgido esa reacción tan intensa de mi ser? Claro, de donde surgen todas las respuestas intensas en nuestra vida: de mamá.

Mañana es el aniversario del día en que ella nació y no quiero empañar ni tantito su recuerdo juzgando o criticando sus métodos pedagógicos ,pero una cosa sí he de decir: Doña Nelly era clara y contundente. Ella me dijo alguna vez: “No toques el servibar; lo que venden ahí es un robo.” Yo obedecí los siguientes cincuenta años. Así es, grabado en mármol en mi memoria quedó esa enfática aseveración y jamás, leyeron bien, jamás había yo osado desobedecer a mi mamá, sin importar cuánto antojo o hambre tuviera.

La verdad es que esos cacahuates ( mi lujo de $40 pesos) me supieron a transgresión, a travesura y también a crecimiento.

Hoy escucho más mi propia voz que la de nadie. Entiendo de dónde provenía la tuya, mamy, y honro cada cosa que me enseñaste y diste. Hoy utilizo cualquier pequeño detalle para recordarte, para alegrarme con la intensidad con la que tus enseñanzas resuenan en mí, pero también celebro que no me quedé detenida en el tiempo ni he dejado de atreverme.

Para algunos puede parecer una anécdota sin importancia, pero estoy segura que otros comprenderán muy bien que salir sin suéter, andar descalzos, comer cosas frías, o bien tomar algo del servibar, puede significar mucho más que un detallito. Es tal vez la reafirmación de un yo, con una sonrisa al pasado y un agradecimiento eterno por quien ha cuidado de nosotros en todo sentido.

Celebra allá arriba, mamita, y como dice mi querido Dr. César Lozano: Flores al cielo.

Hazle caso a tu abuelita

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Doña Chelito era genial. Una abuelita tabasqueña ,coqueta, pianista, presumida, egocéntrica, adicta a Liverpool y hoy entiendo, muy sabia.

En aquella época, yo trabajaba como maestra de preescolar  por las mañanas y por las tardes, estudiaba la licenciatura. El colegio me quedaba a la vuelta de su casa y como yo me estacionaba ahí; ella me esperaba todos los días en la puerta con un jugo de manzana, por si me había salido de casa sin desayunar.  Jamás me perdería yo de mi sacrosanto primer alimento del día. Si en algo he sido constante en la vida, es en mi buen apetito, pero era un detalle precioso verla ahí esperándome con el vaso en  la mano y su hermosa sonrisa, así que diario me bebía yo su amor a las 7.50 de la mañana.

“¿Qué pasó mijita?” me decía con su acento choco. “Nada abue , voy a trabajar y de ahí a la universidad.”  “Deberías de estudiar computación Gaby linda”, me decía aun sabiendo que yo cursaba ya el cuarto semestre de Literatura. En aquel entonces su comentario me parecía una necedad  y hoy lo veo como sabiduría pura.

Aquella visionaria mujer de poca estatura y mucho seso, veía clarito venir que un día yo estaría frente a la computadora un promedio de por lo menos 6 horas diarias . Sabía de alguna forma mágica,  que tendría que acabar sucumbiendo a lo que tanto me había resistido que era dar terapia en línea y que además, las clases que amo impartir, migrarían  eventualmente a un formato virtual. Es más, segurito presentía que hasta con las amigas tendría yo que interactuar por zoom.

Yo que huía de área uno en la preparatoria precisamente porque me jactaba de no querer tener que ver nada en la vida con números ni máquinas; dedico hoy un tiempo en pantalla de celular de por lo menos tres horas diarias divididas a ratitos  entre el Instagram, Facebook, Twitter, tres cuentas de correos, mensajes y atención a mis alumnos de diplomado en línea.

Caray, cómo no le hice caso. De haber sido así, hoy no tendría dolores de espalda de tanto estar sentada. La posición la tendría dominada. Los ojos no me arderían ni me saltarían como a veces lo hacen de tanto fijar la vista. En fin, que sería una técnica extraordinaria en lugar de una humanista atrapada en un presente más virtual que real, sin la posibilidad de abrazar a la persona a la que consuelo o guío. No cabría en mí la inmensa añoranza que hoy siento por las ferias del libro y las reuniones de autores. Estaría tranquila acariciando mi teclado y escuchando la voz de los que me importan a través de unos audífonos.

Hoy todo eso me es muy difícil. Extraño los abrazos, las clases presenciales, las conferencias y las firmas de libros. No me resigno ni conformo con trabajar desde casa, comer diario en casa y dormir en casa sin posibilidad de una escapadita vacacional y la increíble plática con carcajadas reales de mis amigas en lugar de un “je,je ” escrito en un Whats app.

No cabe duda que las abuelas ven cosas que nosotros no imaginamos ,así que les sugiero  que se hagan el futuro  más llevadero y que por si acaso,  le hagan caso a su abuelita.

Ten cuidado con lo que pides…

Sé que he estado muy calladita por aquí. Después de mi última entrada en el Blog, comprendí que hay que tener cuidado con lo que uno pide, especialmente, porque se le puede conceder. Hoy estoy hecha una lagartija metida en casa, comiendo a gusto, disfrutando un poco de sol y sin embargo… no estoy feliz. Ahí está el pero que siempre tenemos que poner los humanos. Siempre hay algo que nos preocupa, que nos angustia, que nos roba la paz.

He estado pensando en escribir y por una cosa u otra no había podido hacerlo. El otro día iba caminando a mi consultorio por ahí de las doce del día y escuché cantar un gallo. Lo juro, en plena avenida se escuchó el cantar de un gallo no muy tempranero, pero sí muy afinado. Eso fue el empujón final para tomar esta computadora y ponerme a teclear.

El mundo está loco; se volvió loco, lo volvimos loco, lo echamos a perder. Los gallos no cantan a la hora que deben, los niños no pueden salir a jugar y convivir con otros niños, nosotros no podemos abrazarnos con amigos ni hacer contacto visual con alguien que te topas en el supermercado. Nos cambió todo, no de la noche a la mañana, fue paulatino, sutil, pero absoluto. Hoy detecto miedo en los comentarios de las personas, se tiene miedo a hacer planes para viajar y desconfianza para realizar cualquier compra o inversión. Nos arrebataron certidumbre, la cual, dicho sea de paso,  en verdad nunca hemos tenido.

Habemos un grupo numeroso y sensible de personas que no queremos rendirnos ante el miedo y que estamos hartos de vivir con la palabra crisis. Que tenemos ganas de viajar, de visitar el mundo antes de abandonarlo, de sonreír y ser felices. Hoy nos tacharían de  inconscientes o “mala influencia” como cariñosamente me llamó una amiga hace poco.

Sí soy mala influencia porque pido rebeldía, porque me niego a entregar mi paz o mi esperanza. Porque no quiero ver todo catastrófico y comentar que se va a poner peor. Porque me alegro de no saber de economía y sí de generosidad. Porque aún no tengo tanto miedo de compartir mis logros y no pienso que alguien  usará esa información en mi contra. Soy malísima influencia porque ya no volteo a ver a nadie para compararme o competir, camino lo que me toca con actitud y con la frente en alto. Por que a pesar de todo lo que está pasando en el mundo, sin ser insensible a ello, yo aún quiero reírme, bailar y lucho por ello.

Por mi profesión, me toca decirle a las personas no lo que quieren oír, sino lo que tienen que escuchar: el despertar de nuevo a la vida, la vuelta a la felicidad después de una pérdida, el cese de la lamentación y añoranza. Yo me la paso invitando a todos a vivir  porque creo que la vida bien vale la pena aunque en ella haya muerte, impunidad, corrupción, maldad y Coronavirus.  En respuesta  a ello, algunos me mandan bendiciones, otros mariposas azules y otros justo me quieren cortar las alas. Sin embargo, mientras las tenga, seguiré volando alto, sola o acompañada, pues sé que cada día estoy un poquito más cerca del cielo y más lejos de la tierra; no por ser una estrella, sino por ser mayor. Nadie se está haciendo más joven y yo, sí tengo prisa por vivir. La ocasión es hoy.IMG_7895

 

Quiero ser lagartija

Perdonen esta aparente falta de ambición, pero después de pensarlo mucho, he decidido que me gustaría ser lagartija. No una cualquiera, expuesta a los peligros del bosque y a encontrar alguien que quisiera morderme la cola. Creo que mi infancia, al igual que la de muchos de ustedes,  está marcada por haber visto una lagartija con la cola mocha y haber obtenido como respuesta paterna que algún otro animal se la había mordido. El reino animal parecía muy feroz entonces, muy salvaje, pero hoy luce completamente inofensivo en comparación al humano. Quiero ser la lagartija que vive en el pequeño jardín a la entrada de mi casa.

Todos los días cuando llego apurada como siempre con el tiempo muy medido para comer  y volver al consultorio; al abrir la puerta, veo correr avergonzada a una lagartija de mediano tamaño con tonos entre verde y café. Claro que se apena, pues la descubro asoleándose, disfrutando de unos metros de pasto que me han costado muchos años adquirir. Ella, ociosa y perezosa seguro que se levanta tarde, hace sus ejercicios matinales( obvio unas cuantas lagartijas que llamaremos “push ups” para no ofenderla) y después sale a buscar su desayuno. Hay muchas plantas así que seguro que en ellas encuentra un banquete que devora sin culpa hasta quedar satisfecha.

Después de eso todo es asolearse. Cuidarse de vez en vez cuando Lara decide salir a ladrarle a los peatones. No es que tenga miedo de que se la coma, mi perrita sería incapaz, pero es muy pesada eso sí ,y podría pasarle por encima  con toda facilidad. Fuera de esos pequeños inconvenientes, la lagartija goza de un merecido sol, un descanso reparador y cero estrés. Pero claro, cuando escucha la llave en la cerradura y doy el primer paso dentro de mi propiedad, ella corre a esconderse. Nota mi mirada envidiosa porque ella sí fija el calcio con harta vitamina D que le da el sol y no  tiene que tomarla en cápsulas amarillas como tengo que hacer yo. A ella no le preocupa nada, ni el gobierno, ni la inseguridad, ni el Coronavirus, ni la crisis, ni el desempleo. Posee una confianza básica envidiable, unas patas cortas y fuertes ( sin celulitis he de aclarar) con las que corre, es ágil, lista y se la pasa muy bien.

Por todo lo anterior, mi deseo este cumpleaños es convertirme en lagartija al menos por dos o tres semanas. Si Gregorio Samsa lo consiguió en Metamorfosis, no veo porqué yo no.

La verdad es que llego a mis cincuenta y cuatro primaveras llena de vida. Con canas, ya uso lentes, con un gran amor a los pareos largos ( muy favorecedores) y con la mejor familia y amigos que pudiera pedir. Amo lo que hago, tanto, que se me pasan las horas ( especialmente las de sol) bajo techo , casi sin darme cuenta. Me siento muy bendecida y privilegiada.

Gracias a ti, lector de este blog por conocerme tanto, por recibir y por darle oídos a palabras que siempre buscan oportunidad de salir.

Nos vemos pronto, en la vida o en el jardín.

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19 de septiembre

Yo soy mexicana; no solo un 15 o 16 de este mes. Especialmente el 19 de septiembre.

Mi segundo hijo nació un día como hoy a 10 años del sismo del 85. En el hospital veía yo en la televisión las historias de aquellos bebés que habían sobrevivido a los escombros y yo justo tenía uno en el cunero. La empatía con otros no parte de pensar que podría pasarte a ti, parte de saber que les pasó a ellos y tratar de entender y aminorar su dolor.

Para mí hoy es un día de compromiso, lo fue hace 34 años que salí a ayudar, a repartir bolsas y localizar personas. Hace 24 cuando prometí que mi hijo sería educado como un hombre de bien, sensible y bueno en nombre de aquellos padres que se quedaron con los brazos vacíos. Hace 2 cuando empecé a apoyar dolientes del sismo; hijos y padres despojados por el destino pero con un corazón lleno de amor que hoy los mantiene en pie.

Sigo en construcción, como mi país. Buscando ser mi mejor versión, saber más, ser más sabia y más humilde para poder seguir sirviendo a los demás.

Escribo estas líneas con inmenso respeto a los que hoy sienten resurgir su crisis de aniversario. Solo quise decirles que cuentan conmigo.

México,aquí me tienes desde mi trinchera, desde los micrófonos y cámaras que me prestan mandando un mensaje de sí a la vida. No me daré por vencida. Hoy lo vuelvo a prometer.

Quisiera que este día no sea tan solo un simulacro, quiero que sea un recordatorio real de la solidaridad de un pueblo, de nuestra capacidad de dar y de darnos a otros. Que sea un día que nos una, porque así, ninguna muerte habrá sido en vano.

Los abrazo.

El mar es un personaje

Todos nosotros tenemos una historia con el mar. Para algunos es una ilusión, para otros un temor y para algunos más, un refugio. El mar tiene mucho que ver con mi vida y al fin encontré la manera de rendirle el homenaje correcto.

Acaba de salir a la venta mi nuevo libro; mi primera novela: Convénceme de vivir. En ella, mandé a todas las sirenas a cantarles para regresarles las ganas de estar en esta vida.

Como tanatóloga, atiendo muchos casos de pérdidas; un ser querido, una mascota, un empleo, una mudanza, etcétera. Pero de las más dolorosas e inhabilitantes son cuando alguien llega a decirme que no sabe para qué sigue vivo.

Perder es doloroso, sentirse perdido es insoportable.

El sentido de la vida no debe depositarse en alguien que amamos o el rol que jugamos. Es mucho más grande que eso y dediqué cientonoventa y dos páginas para explicar lo que pienso al respecto.

En este libro repasarás cómo es tu relación con tu madre, con tu abuela, con todas las mujeres de tu linaje. Te plantearás por primera vez qué clase de adulto mayor quieres llegar a ser.

Aquí revisarás la importancia de la amistad, de tomar decisiones a tiempo, de la dignidad y el verdadero amor.

Esta novela es el máximo sueño de mi vida. Mi tributo a mamá, al mar y a la vida. Mi compromiso profesional más grande y el salvavidas que espero lanzar a los brazos de quién lo necesita.

Aquí me tienen.

Yo sé que tratar de convencer a alguien de algo puede ser hasta inmoral pero cuando se trata de la vida, yo seguiré intentándolo.

Mis papás ya no van a misa

He de confesar que todos los domingos voy a misa. De pequeña me acostumbraron y cuando tuve mi crisis de adolescencia rebelde, descubrí que a fuera de misa vendían unos elotes deliciosos, así que seguí yendo. Dos cosas he sido siempre en mi vida; profunda y antojadiza. Mis domingos cumplían ambas .

En la iglesia a la que asisto actualmente habían cuatro parejas de adultos mayores que  nunca faltaban. Una donde el señor iba de bastón y le costaba mucho trabajo sentarse y luego incorporarse, otra donde la señora camina en pasitos pequeños de manera muy curiosa, una más donde ambos van muy bien arreglados, no faltan, pero desde que llegan cierran sus ojos y se echan su coyotito. La última de las parejas que observamos es una muy linda que conocen a toda la comunidad, eran amigos del padre y hasta lo visitaron en el hospital cuando enfermo. Saludan a todos, les ceden el paso en la fila para comulgar  y me encanta verlos juntos porque así quiero llegar a esa edad. La primer pareja ya no asiste, ignoro que pasó pero asumo que alguno de los dos ya no está. Cada domingo busco con la mirada a los otros como diciendo “no me fallen” y mi corazón se alegra de encontrarlos.

Los que ya no van a misa son mis papás. Recientemente caí en cuenta y quiero compartirles, que ellos  para mí, son la misa. Me explico; todos nuestros seres queridos que han muerto han ido al cielo. Ahí solo puede entrar lo que ya es perfecto, como Dios. A la hora de la comunión , se dice que Dios baja a la consagración de la hostia. Si viene Él, pues vienen también  todos los que están con Él. Tu abuelita, tu tío, nuestros amigos, los hijos que no nacieron y también mis papás.

Ignoro si es correcta mi lógica y mi deducción, pero no saben la paz que me dio pensar esto y por eso quise compartírselos. Ahora siento que cada vez que voy al templo no solo tengo una cita con el mero mero, también es un reencuentro con mi familia.

Por favor, si ustedes son doctos en la materia no me vayan a sacar de mi error, porque alguien que extraña está ansioso de esperanza y consuelo.  Yo no lo busco en el alcohol ni las parrandas que bien sé que no resuelven nada. Lo encuentro en la fe, en la paz interior, en la comunidad donde oramos unos por otros.  Me lleno de paz escuchando cosas lindas como el  concepto de amor gratuito, las buenas nuevas o el reino de Dios.

Pienso que no ir a misa es como dejar plantado a alguien que te invitó a cenar y tiene tu lugar puesto en la mesa. No te va a reclamar si no vas, pero le harás falta. Y cuando vayas, su alegría de recibirte será inmensa. Ya sé que Dios está en todas partes pero como tú o como yo, también tiene una casa y le gusta que nos hagamos el tiempo de visitarla.

A mí me encanta que pasen a visitar este espacio de reflexión que es mi blog.

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¿De qué quieres tu torta?

Se llegó el 10 de mayo. Día de convulsión nacional. La madre le duele al mexicano; si la tiene y no se llevan, si ya no la tiene, si ella lo abandonó, si se la mientan…En fin, no hay quien salga ileso de un Día de las madres.

Yo no les voy a fallar, sé que muchos esperan unas palabras mías antes de mañana para poder sobrellevar el día y aquí tienen mi recomendación: échense una torta.

Mi mamy fue hospitalizada el lunes 11 de diciembre, ella había aprendido a usar Whats App gracias a la infinita paciencia que mi hijo tenía con ella y debo aclarar, sólo con ella. Así que mi mamy era un peligro en el celular. Te mandaba mensajitos diario y esperaba inmediatez en la respuesta. Terminaba sus textos con una bailarina de flamenco o con el ícono de una abuela negra con cabello blanco.

Me alegro tanto de haber respondido en tiempo y forma cada uno de esos mensajes y les cito textual el último que recibí de ella sin saber claro , que lo sería.

“Me dieron de comer un sandwich asqueroso en el hospital, pero ya me dijeron mis niños (mis hijos) que cuando salga me van a llevar a comer una torta de bacalao.”

El siguiente mensaje fue: Ma te aviso que yo tengo ya el teléfono de mi abue.

Ya no escribió más, estuvimos juntas a partir de ahí cada instante y aunque poco después ya tampoco pudo hablar, nos dijimos todo con las manos.

No quedaron temas pendientes, ni te quieros sin decir. Sólo un pequeño asunto que mañana voy a resolver. Como regalo del día de las madres para ella y para mí, voy a comerme una torta de bacalao {ánimas que encuentre fuera de temporada}.

Estoy segura que ustedes tienen su propio pendiente con su mamá, lo no dicho, el beso no dado, un perdón, en fín. Mi consejo es ese, échense su “torta” de lo que se tengan que echar porque nada alivia más un duelo en todo el mundo que la satisfacción del deber cumplido.

Los quiero y lo saben, por eso les comparto aquí mi tesoro más preciado. Quiero que en esta foto sientan mi mano y la de ella para que encuentren fuerza y valor para pasar este 10 de mayo que finalmente solo tendrá 24 horas como cualquier otro día.