Cuestiones de oro y plata

A algunos mexicanos nos cuesta un poco obedecer. Si hay bandera roja en el mar, no le hace, nos metemos a nadar. Si un letrero nos indica “No pase” y hay una cuerdita, vemos cómo hacerle para brincarla nada más para una selfie. Si te dicen ponte cubrebocas o guarda cierta distancia, nos entra un pensamiento mágico que a nosotros no nos va a pasar nada. Estamos tan confundidos con nuestra versión de la ley de la atracción que consideramos que, si no creemos en el Covid, no tiene por qué darnos.

El caso es que somos difíciles para obedecer porque nos cuesta creer a quien nos advierte algo, así sea por nuestro propio bien. Pero cuidado con la manera en cómo nos creemos los comentarios ajenos. Pareciera que fueran verdades tan absolutas como una sentencia de muerte. Así me pasó a mí para cerrar este año. Yo creía que había llevado la cuarentena con bastante dignidad. Trabajando sin tregua hasta el veintidós de diciembre, fecha en que consideré que, por salud emocional y convivencia familiar, era bueno ponerme a cocinar un pavo. Tengo la fortuna de contar con la amistad de una gran chef que tuvo a bien dirigir mi elaborado proyecto. La verdad quedó delicioso, y sin ser ese el objetivo central de este escrito, me desvié del tema porque, en algún punto, tenía que mencionarlo. Vuelvo al golpe de realidad recibido. Sabía que había trabajado demasiado, que, aunque amo lo que hago, estaba cansada. Consciente estoy también que me han salido algunas canas y he ganado un par de kilos, o debería de decir, me han salido un par de canas y he subido algunos kilos. Cuestión de números que pensaba no me importaban. Sentía que había llegado a esa maravillosa edad de libertad en la que ya no hay que preocuparse de esas cosas. Hoy me cuestiono si dicha meta se alcanza alguna vez. Si las mujeres realmente podemos llegar a ese punto donde nos aceptemos tanto a nosotras mismas, que no nos comparemos o compitamos ni siquiera con nuestro yo del pasado. Yo procuro no darle mucha importancia a esas señales del paso del tiempo. Considero un privilegio llegar a una edad donde se peinan canas, especialmente porque algunos ya no podrán llegar a tenerlas. Suelo concentrarme en mi actitud. En lo joven que me siento al entusiasmarme con un proyecto nuevo o al escuchar música (iba a escribir disco, pero entendí que no mostraría juventud en ello). Sin embargo, mis oídos, acostumbrados a escuchar dolores, estaban a punto de recibir una cachetada. No aquellas de caramelo que comíamos en forma de paleta (otra referencia de “Cómo han pasado los años”, como cantaba Rocío Durcal) sino esta vez en presentación baño de realidad.

Para tomarme unos días de descanso, acudí al mar. El consultorio que da la mejor terapia al alma. Estaba yo sentada contemplándolo cuando a mi lado pasó una vendedora de plata. En otros tiempos hubiera charlado con ella y echado un vistazo a su mercancía, pero la verdad, ella no portaba cubrebocas. Así que seguramente hice algún gesto y ademán con las manos indicando que no estaba interesada. A lo que ella respondió, vengativa (espero yo) , «ándele, lleve algo para sus nietecitas”. ¡Pum! Me cayeron encima, de golpe, los diez meses de pandemia. En ese preciso instante, se multiplicaron mis cabellos blancos y hasta ganas de tejer me dieron. ¿Por qué nos tomamos como verdad absoluta la apreciación subjetiva de alguien que acabamos de conocer? ¿Por qué nos hiere profundo como si fuera un diagnóstico irreversible? ¿Será que ese comentario cae en tierra fértil de nuestras propias dudas o inseguridades? Tengo un par de amigas de mi edad que son abuelas, muy felices por cierto. Y sin embargo, a mí me parece que fue apenas ayer que mi hijo menor estuvo enfermo en su campamento de verano. Tal vez ya tengo que darle “refresh” a mi vida, como si fuera Facebook, y verme con los ojos que los demás me miran. Así que hoy que termina el año, voy a darles un buen consejo: compren plata a nuestros comerciantes de la playa. Fomentemos su economía y de paso, no arriesgamos nuestra autoestima.

Los abrazo fuerte, vamos por un 2021 lleno de amor y resiliencia.

3 pensamientos en “Cuestiones de oro y plata

  1. Pensar en mis canas ( que las tengo desde los 30) hizo que viera que sin importar el número de años sigo siendo una mujer bella y que esté año fue lo mejor para mí, si , aunque se lea egoísta, porque tuve la oportunidad de terminar mi carrera y con la mejor maestra pero sobre todo darme cuenta lo hermoso que es vivir y poder ayudar a otros en su duelo y así cumplir tu misión. Gracias Gaby Hermosa, Feliz año nuevo.

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  2. Gaby!!!! No inventes!! Lo que escribiste es justo lo que hoy viví!!Me encanta tu manera de expresar ese momento… esos momentos en tu vida!
    Te deseo lo mejor para este año que hoy nos iluminó con grandes esperanzas!!

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