Una piedra en el camino…

Las vacaciones son un derecho de los trabajadores; una necesidad para el alma y un respiro para el corazón. También son una pedrada en la cabeza y les cuento por qué.

Este verano quise hacer algo diferente y fui con la familia a escalar una montaña. Antes de poder tomarme unos días libres, la carga de trabajo era irreal y, como ustedes sabrán, la chamba de una tanatóloga lleva implícita una gran carga de estrés y corazón apachurrado. Por las noches me costaba dejar de pensar en los casos que tenía y sus posibles caminos para encontrar paz. Mi esposo describió lo que me ocurría como si en mi cabeza habitara un hámster que no dejaba de dar vueltas en su rueda. ¿Qué? ¿Este ratón necesita un trancazo para estarse quieto?, me preguntó un día desesperado. Concedido.

En plena vacación y con todo el ánimo de llegar a la cima cruzamos una callecita de entrada a la montaña. De pronto sentí un agudo golpe en la cabeza y el sonido de una piedra que caía al suelo. “¡Me aventaron una piedra!”, grité. Mi familia no me creyó; debía de haberse caído una piedra de algún lado, no había sido intencional, nadie vio nada.

Me sobé la cabeza y continué el camino. La vista era espectacular, casi equiparable al esfuerzo que yo hacía por seguirles el paso a todos y no defraudarlos. Ahí estaba mi cuerpo cobrándome el peaje por las muchas horas de estar sentada en mi sillón dando consulta, las faltas al gimnasio y mi carente disciplina aeróbica. Pero hay ocasiones en que la voluntad te hace andar más rápido que tus piernas y yo no iba a fallarle a mis hijos.

¡Lo logramos! Llegamos a la cima y la sensación fue maravillosa. Nos abrazamos, tomamos fotos y disfrutamos de la cumbre unos momentos.

Había que emprender el regreso y a uno se le olvida que los mismos metros andados de subida hay que recorrerlos en bajada. Con cuidado, paso a pasito y tomada de la mano de mi esposo, volví a pisar tierra firme. No les puedo describir la felicidad que sentía, la satisfacción del deber cumplido y el orgullo de que mi edad no me hubiera jugado una trastada.

Caminamos por la calle de salida cuando de pronto…¡ZAZ!, otra pedrada, pero esta vez todos la vieron. Era más grande y volvió a aterrizar directo en mi cabeza. La verdad sí lloré, no sólo por el golpe, sino por lo rápido que la vida me había arrancado mi sonrisa plena de satisfacción. ¿Por qué?, me preguntaba yo como todos ustedes se han preguntado cuando les pasa algo “malo”. ¿Por qué yo y por qué dos veces?

Hechas las averiguaciones y ante la indignación de mis cuatro hombres (ahora sí, ¿verdad?) se levantó una queja, se notificó a la policía y todos se compadecieron de mí, no sin dejar de alabar el excelente tino del tirador que me me había dado dos veces, ida y vuelta, con impecable exactitud.

En eso se voltea mi esposo y me dice: ¿Ahora sí ya se aplacó el hámster? La risa fue inevitable y les prometo que estuve como sedita y sin estrés el resto de la vacación.

Sirva esta anécdota para pedirles, advertirles, rogarles y exhortarlos a que calmen un poco sus pensamientos. Metan en cintura al estrés y a la preocupación que de nada sirven, y se apliquen a vivir la vida y disfrutarla. No todos necesitamos de una piedra en el camino para atesorar el aquí y el ahora donde todo está bien.

Yo ya lo aprendí.

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5 pensamientos en “Una piedra en el camino…

  1. Antes que nada, ojalá no te duela todavía la cabeza de los piedrazos… y segundo, como siempre cada uno de tus escritos nos enseña a vivir plenamente y a aprender de las dificultades… qué bueno que descansaste para continuar la misión que elegiste para esta vida… un gran abrazo de mi parte y de mis mujeres…

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