GRACIAS OSCURIDAD

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¿En qué momento de la vida perdemos la capacidad de sorprendernos? ¿Cuando dejamos de ser lo suficientemente niños para maravillarnos con algo y sin tratar de entender cómo sucede, simplemente lo disfrutamos?

Nanacamilpa me demostró que no he perdido esa capacidad. En ese municipio de Tlaxcala, México existe aún un bosque encantado. Sí ,así como lo oyen, está habitado por hadas que vuelan e iluminan la noche con sus destellos de luz. Se llaman luciérnagas y viven por millones esperando que caiga la noche para comenzar una danza de parpadeos y seducción.

Buscando un fin de semana diferente decidí acudir con uno de mis hijos a conocer ese lugar ; son de esas cosas que te platican y suenan muy bien pero sabes que tienes que vivirlas para entender a plenitud de lo que te hablan. Ni las cámaras, ni los celulares, ni nada que tenga que ver con tecnología puede  retratar  fielmente lo que se siente.  Se  pone la piel chinita cuando al esperar pacientemente y en silencio en el bosque, de pronto comienzas a ver tímidas luces que parecieran pedir permiso para brillar, para existir, para abrirse un espacio en el sobrepoblado mundo.

Arriba en el bosque todo era silencio y respeto, cuando bajas por un café para calmar el frío y regresar el alma a su lugar, entonces comienzan los comentarios y las risas pero algo muy profundo en tu interior fue tocado. Como si los árboles y sus habitantes te hubieran dado permiso de visitarlos y ser testigo de sus maravillas única y exclusivamente con la finalidad de que entendieras. Te permiten pasar para que transmitas un mensaje de no invasión. Buscan convencerte que en este planeta hay lugar para todos sin que queramos conquistar a otros, aplastarlos , exterminarlos o explotarlos a nuestro favor. Todos cabemos con amor y abundancia.

Así me sentí como testigo de algo sagrado, partícipe del pardear de la tarde y el comienzo de la magia. La guía, una lugareña en dominio de todas las tradiciones e historias fantásticas del lugar, nos platicó que las libélulas eligen a las personas. Saben quienes son buenos y se posan sobre ellos. Tú no puedes tocarlas, ni tratar de acercarte más de lo que ellas lo permitan. Ellas vienen a ti. Es su santuario, su casa verde y húmeda, su hábitat perfecto donde todas las noches durante un mes del año (julio) salen para recordarnos que las estrellas también saben hacer el amor.

Primero unas  cuantas esporádicamente aparecen y luego son cientos de ellas sincronizadas en un baile perfecto, en una intermitencia de encendido y apagado para ponerse todas en una misma frecuencia. Los machos vuelan y las hembras más pequeñas permanecen en las hojas de las plantas haciendo uso de toda su capacidad de seducción. Si logran que sus luces empaten, si llegan a tener un mismo ritmo, si se acoplan; entonces se entregan a la noble y dulce tarea de procrear la especie.

¡Wow! ahí es donde mi niña surge de nuevo, donde no puedo mas que maravillarme por lo sencillo y natural que resulta conseguir una pareja, amarse en libertad y seguir el ciclo de la vida. ¿Será que los seres humanos somos los únicos en la creación que batallamos para todo? Jamás he visto un botón de rosa que haga esfuerzos para abrir sus pétalos, ni un pájaro tomando lecciones interminables de vuelo para poder desprenderse del suelo. Todo fluye, sin tanto esfuerzo y de manera natural. La naturaleza entiende que su destino es la alegría y el contento de ser y estar. Nosotros a veces no.

Ese ecosistema se convierte en arbolito de navidad, con una  gran serie de foquitos. Cientos  de ellos encendiendo y apagando, cantando alegría y esperanza.  Perfectamente orquestados dan brillo al momento, una sinfonía de vida. Y todo gracias a la noche, a la oscuridad; la que muchas veces maldecimos. Es ella la que me permite valorar la luz. Igual que en nuestras vidas, cuando los tránsitos oscuros del alma hacen apreciar más que nunca el brillo de la familia y los amigos.

Por esa noche los astros no estuvieron en el cielo, bajaron a las plantas, muy por debajo de la punta de las coníferas reinas de ese lugar. Llegaron a alcanzarnos. Y en ese momento mágico, una de ellas se paró sobre mi brazo. Bendita oscuridad.

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3 pensamientos en “GRACIAS OSCURIDAD

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