La sorpresa del mar

Hace poco tuve oportunidad de tomarme unas vacaciones y claro que decidí ir al mar. Digo claro porque cada vez me es más evidente que lo mío es el calorcito, la libertad y el espacio no ajetreado de reflexión. Iba decidida a nadar con tiburones ballena, es la temporada y parecía algo que debías de hacer si visitabas esos mares. Sin embargo al conocer las condiciones de la excursión, las dos horas y media que había que pasar en la lancha persiguiéndolos, las pocas posibilidades de encontrarlos y de así ser, la rapidez con la que había que zambullirse para nadar a su lado me hicieron desistir de la idea.

Opté por un plan más tranquilo que era ir en una lancha, snorkelear (lo he hecho tan poco en mi vida que ni sé si así se escribe), ver hermosos peces y  disfrutar el paisaje. Ya en el paseo de la lancha, en pleno mar abierto de pronto de la nada, sin aviso previo, saltan junto a nosotros una familia de delfines. Eran 5 o 6 no lo sé bien, eran dos pequeñitos y otros mucho más grandes. Hermosos. Para nada se sintieron inhibidos o amenazados por nuestra presencia. Era como poder tocar esa inocencia pura  en ellos, que no creían posible que alguien pudiera querer dañar a  un ser tan amigable.

No sé si alcance a describirles con palabras lo que sentí en ese momento. El privilegio con el cual me sentí bendecida. Yo siempre he amado a los animales marinos, de hecho me gustaba visitar acuarios y parques marinos para ver sus espectáculos. Pero mis hijos ,que parece  que no están viviendo su primera vida, sabiamente me decían que no había que fomentar aquello. Que no eran las condiciones naturales para esos animales y que el cautiverio era cruel. Yo alegaba que  ahí se hacían planes de conservación de especies y que ¿cómo iba yo a ver una ballena o unos delfines en su estado natural si no vivo cerca del mar? Ellos respondían: “si no los ves es porque no tienes que verlos pero no deben sacrificarse para que tú los veas”.

Dejé de visitar zoológicos y acuarios pero la verdad no había cambiado totalmente mi forma de pensar. Hoy sí. El regalo maravilloso de verlos jugar, brincar en libertad sin expectativas de ningún tipo. Es decir no había que hacer un truco para obtener un pescado, no tenían que saltar y tocar una pelota. Aquí solo tenían que ser libres y felices  sin buscar agradar a nadie.Mandaban esa vibra clara que todo ser (incluidos los humanos), muestran su mejor versión cuando simplemente son y no esperamos nada de ellos.

Claro que no tengo una foto  del momento que compartirles, todo ocurrió tan rápido pero fue tan definitivo en mi vida que hoy agradezco la sorpresa y la lección que me dio el mar.

Firma esto, una Gaby nueva a sus 50 años.¿No es eso una maravilla también?

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